Samantha

Celeste era hermosa y muy joven cuando salió a experimentar el mundo. Su madre nunca la cuidó, ni la protegió; sólo la entregó a un orfanato de monjas. Desde niña aprendió a arreglárselas sola, madrugaba más que las otras niñas y ayudaba a cargar agua al hombro para obtener un pedazo de pan seco adicional que ruñía como un ratón al escondido bajo su cama. Entendió que las cosas se ganan, la clásica ley de “tú me das y yo te doy”.

Celeste quería ser rica y hermosa, odiaba el lugar donde su madre la había abandonado, la pobreza en la que vivía y el maltrato que recibía de las monjas. Llevaba toda su juventud planeando cómo escapar de allí, no quería volver a comer carne podrida a medio cocer ya que si no la comía la esperaba un látigo. Una noche escapó, ya no era un niña, era una mujer, miró atrás y juró que nadie en la vida la encerraría jamás, que sería libre como el águila.

Ella era tan pura, tan bella, tenía juventud, le era fácil entregar amor al amor, daba su cuerpo a la más desenfrenada pasión; pensaba que un lecho y una habitación eran su castillo de lujos soñado. Cada vez que hacía el amor se perdía en una inmensa tela de seda, era como morir y resucitar. Un día no volvió a hacer el amor, cayó en una prisión de la que no ha salido; una prisión desde la cual a lo lejos sólo ve cuatro letras que retumban en su cabeza y trata de olvidar: p.u.t.a.

En ella transcurren los quince minutos más largos de su existir pues tiene al frente a alguien que la mira y no la ve, un lugar donde se vale mentir, un lugar donde tiene poder y lo ejerce. Celeste no volvió a estar en su castillo, está atrapada en llanto, cambio su nombre por Samantha, ahora bebe wiskhy y champán, así lo decidió.

Cierra sus ojos y la invaden varios sentimientos, baña su pálido cuerpo, recoge los pesos que quedaron en la cama todavía tibia, siente que cumplió su deber. Maquilla sus labios de rojo caramelo y calza los tacones que supone le dan suerte; con su minifalda, que deja muy poco a la imaginación, va y se para en la esquina a la espera de otro cliente para complacer. Con su tez dorada, rostro viváz, ojos de mirada intensa y picarona sueña con ser una actriz, con pisar las tablas en donde su cuerpo torneado y sensual juege con las luces y las sombras del teatro.

transcurren los quince minutos más largos de su existir pues tiene al frente a alguien que la mira y no la ve, un lugar donde se vale mentir, un lugar donde tiene poder y lo ejerce.

Samantha puso todo su amor en el sexo, el amor que nunca tuvo, el amor que le negaron. En cuatro paredes lograba ser amiga, consejera, amante y novia; le era fácil hacer feliz e infeliz a miles, llenó sus bolsillos y vació algunos.

Ya han pasado los años y sola se te ve.

¡Ay mujer fatal, la del swing al caminar, la de larga cabellera que hechizaba al mirar, tus constantes coqueteos con los chicos del lugar, a quienes dejabas en un trance, sin poder a ti renunciar, volvían extasiados de tu cuerpo hecho un manjar!

¿Dónde está el chanel que usabas? ¿El oro que tus amantes te daban? ¿Los zapatos de cristal que un día adornaste? ¿Tu wiskhy favorito con el que tus prendas volaban al infinito?

No tienes nada, no tienes ganas de vivir, porque hasta la esquina donde solías pararte, donde no se te escapaba ningún transeúnte, hoy la usurpan rostros y cuerpos en plena lozanía. Todo se acabó, no quedó nada, tu carrera terminó. Tus arrugas se ven, entraron en tu vida sin avisar y tienen justificación  después de años de trasnocho, de pasar de esquina en esquina, de cazar y ser cazada, de desgastar tu piel.

No tienes empresa que te respalde, ni dónde cobrar una pensión, tu cara refleja que te debes jubilar, tu profesión es efímera ¡Qué tarde lo descubriste! Amaste más el dinero y este no te correspondió, como llegó se fue y te dejó con las manos vacías, sin esperanza ni ilusión. Caíste en esa telaraña de la que es tan difícil salir, en la que estás atrapada y ni cuenta te das. Escogiste el camino más fácil que es tan difícil de llevar, entregaste tu juventud al mejor postor.

Mary Luz

Autora: Maryluz López

Soy una mujer soñadora valiente que ama al ser humano, a Dios, a los animales y a su familia. Que ve en la escritura la vida, que siente en las palabras tanto poder para construir y fomentar la sanacion desde el amor. Para mí la mente es un universo de letras.

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